MARZO 8

LA PALABRA DE DIOS

Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia

LUCAS 10: 30-37


30 Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones, los cuales le despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto.


31 Aconteció que descendió un sacerdote por aquel camino, y viéndole, pasó de largo.


32 Asimismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, y viéndole, pasó de largo.


33 Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia;


34 y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él.


35 Otro día al partir, sacó dos denarios, y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídamele; y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando regrese.


36 ¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?


37 Él dijo: El que usó de misericordia con él. Entonces Jesús le dijo: Ve, y haz tú lo mismo.

REFLEXIÓN

En la parábola del buen samaritano (Lucas 10:30–37), Jesús nos revela que la verdadera fe se demuestra en el amor activo, ese que no pregunta quién merece compasión, no se queda en palabras ni se oculta tras títulos o rituales religiosos sino que ve una necesidad y actúa.

Es un amor que se detiene, que se conmueve, que cura. El sacerdote y el levita representan la religiosidad vacía que puede conocer las Escrituras, y pasar de largo ante el dolor humano. En contraste, el samaritano —rechazado por la sociedad judía— se convirtió en reflejo del corazón de Dios al detenerse, acercarse, y cuidar al herido. Vendó sus heridas, lo levantó con cuidado y no se fue hasta asegurarse de que estuviera en buenas manos. Su compasión fue su lenguaje, y su ternura, su testimonio. Jesús nos confronta: ¿quién fue el prójimo? No fue el que tenía un cargo sagrado, sino el que mostró misericordia.


Todos los días nos cruzamos con corazones heridos: alguien en silencio que necesita ser visto, una amiga que esconde su tristeza, un desconocido que carga más de lo que puede soportar. Jesús no nos pide que lo solucionemos todo, solo que amemos como Él lo hace: con cercanía, con actos sencillos pero llenos de bondad. El “ve, y haz tú lo mismo” no es una carga, es una invitación a vivir con el corazón abierto, a ser abrigo en medio del frío, a dejar el apuro para detenernos por amor. No basta con tener conocimiento bíblico o una buena reputación; lo que vale es amar con hechos. Cada día, en medio de la rutina, encontramos a personas golpeadas por la soledad, el rechazo, la tristeza o la falta de esperanza. ¿Pasaremos de largo o seremos instrumentos de sanidad? La compasión es el lenguaje del Reino.


Hoy, más que nunca, el mundo necesita corazones dispuestos a detenerse. Dios nos llama a ser sus manos y pies, llevando aceite y vino —símbolos de consuelo y sanidad— a quienes sufren. Quizás no podamos resolver todos los problemas, pero sí podemos ser esa persona que se acerca, escucha, abraza, y dice: “No estás solo”. Ser el buen samaritano es amar con lo que tenemos: tiempo, palabras suaves, una oración, un abrazo. Es creer que nuestras manos pueden llevar consuelo, que un gesto puede sanar, que el amor no necesita aplausos, solo disposición. Hoy, cuando veas una herida, no mires al cielo preguntando qué hacer… solo detente. Jesús camina contigo, y cada acto de ternura que hagas será un reflejo de Su presencia en ti.


Señor amado, gracias por mostrarnos tu compasión a través de esta parábola. Perdónanos por las veces en que hemos pasado de largo ante el dolor de los demás. Abre nuestros ojos para ver con tu mirada, y ablanda nuestro corazón para actuar con tu amor. Dame un corazón sensible que no pase de largo ante el dolor ajeno. Que mis manos sanen, que mis palabras abracen, que mi presencia alivie. Ayúdame a ver con tus ojos y amar con tu ternura. Hazme disponible para amar sin medida, como Tú lo haces conmigo cada día. Gracias por confiarme el privilegio de ser instrumento de tu amor. Hazme disponible, generosa y valiente para detenerme, acercarme y cuidar. Que cada día pueda reflejar tu misericordia y ser verdadero prójimo en el camino de la vida. En el nombre de Jesús, amén.

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