MARZO 7

LA PALABRA DE DIOS

Mi socorro viene del Señor, que hizo los cielos y la tierra.

SALMOS 121


1 Levantaré mis ojosa los montes; ¿de dónde vendrá mi socorro?


2 Mi socorro viene del Señor, que hizo los cielos y la tierra.


3 No permitirá que tu pie resbale; no se adormecerá el que te guarda.


4 He aquí, no se adormecerá ni dormirá el que guarda a Israel.


5 El Señor es tu guardador; el Señor es tu sombra a tu mano derecha.


6 El sol no te herirá de día, ni la luna de noche.


7 El Señor te protegerá de todo mal; Él guardará tu alma.


8 El Señor guardará tu salida y tu entrada desde ahora y para siempre.

REFLEXIÓN

En los momentos de incertidumbre y dificultad, cuando el alma busca refugio, la promesa del Salmo 121 nos envuelve con ternura: “Mi socorro viene del Señor, que hizo los cielos y la tierra” (Salmo 121:2). No estamos solos en nuestras batallas ni desamparados en nuestras preocupaciones. No dependemos del azar ni de las circunstancias, sino del Dios Todopoderoso que gobierna con amor y justicia. Cuando sentimos que el camino es incierto y el temor amenaza con debilitarnos, podemos recordar que Dios no nos deja solos; Él está atento a cada paso que damos. Nuestro Padre celestial, con amor infinito, nos recuerda que Él es nuestra ayuda constante, nuestro refugio seguro. Su mirada nunca se aparta de nosotros, y su corazón late con amor por cada uno de sus hijos.


Cuando sentimos que nuestras fuerzas flaquean, podemos descansar en la seguridad de que Dios nos protege y sostiene. La vida está llena de desafíos, pero este salmo nos recuerda que Dios nos guarda de todo mal y cuida de nuestra alma. Su amor es un abrigo en medio de la tormenta, un descanso en la fatiga de la vida. No importa cuán grandes sean nuestras preocupaciones, Él nos sostiene con manos firmes y nos cubre con su gracia. No se distrae ni se cansa de velar por nosotros. Como un padre amoroso que cuida a su hijo mientras duerme, así Dios nos protege con ternura y fidelidad. Aun cuando no comprendamos sus planes, podemos confiar en que su amor es inmutable y su protección es inquebrantable.


Y si el miedo toca a la puerta o la incertidumbre intenta desestabilizarnos, recordemos que Dios es nuestro protector eterno: “El Señor guardará tu salida y tu entrada desde ahora y para siempre” (Salmo 121:8). Su amor no tiene límites ni fecha de caducidad. En cada paso que damos, en cada decisión que tomamos, Él está allí, guiándonos, sosteniéndonos, amándonos. Nuestra vida está segura en sus manos, porque su amor es más fuerte que cualquier adversidad. Cada nuevo día es una oportunidad para confiar en Él, para caminar sin temor sabiendo que su mano nos guía. Así como un padre vela por su hijo, Dios cuida de nosotros con ternura y poder. No importa cuán difícil sea el camino, su promesa es firme: Él nos guardará siempre.


Padre amado, qué paz me da saber que siempre estás conmigo, velando por mí con amor infinito. Gracias por ser mi refugio, mi ayuda y mi protector. Gracias porque eres mi guardador fiel, porque no me dejas solo ni por un instante. En los momentos de debilidad, de temor o duda recuérdame que Tú sostienes mis pasos y me proteges del mal y que nunca me sueltas de tu mano. Ayúdame a confiar plenamente en tu cuidado y a descansar en tu amor. Que mi corazón permanezca firme en tu promesa, sabiendo que mi salida y mi entrada están en tus manos. Descanso en tu promesa de que guardarás mi vida para siempre. Gracias por amarme con un amor tan perfecto y fiel. En el nombre de Jesús, amén.


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