Ama a tu prójimo como a ti mismo
LEVÍTICO 9: 13-18
13 No oprimas a tu prójimo. No le robes. No retengas en tu casa, hasta el día siguiente, el salario del jornalero.
14 No maldigas al sordo, ni pongas tropiezo delante del ciego. Más bien, debes tener temor de mí. Yo soy el Señor tu Dios.
15 No seas injusto en el juicio. No favorezcas al pobre ni complazcas al poderoso. Trata a tu prójimo con justicia.
16 No propagues chismes entre tu pueblo. No atentes contra la vida de tu prójimo. Yo soy el Señor.
17 No abrigues en tu corazón odio contra tu hermano. Razona con tu prójimo, para que no te hagas cómplice de su pecado.
18 No te vengues, ni guardes rencor contra los hijos de tu pueblo. Ama a tu prójimo como a ti mismo.Yo soy el Señor.
Levítico 19, Dios nos muestra claramente cómo debe ser una vida consagrada a Él: una vida marcada por la justicia, la compasión y el respeto al prójimo. No se trata sólo de obedecer normas externas, sino de cultivar un corazón limpio que no roba, no juzga con parcialidad, no propaga chismes ni guarda rencor. Es impresionante cómo Dios conecta el trato hacia los demás con nuestra reverencia hacia Él. Es decir, nuestra espiritualidad se refleja en nuestras relaciones humanas.
La vida diaria nos ofrece múltiples oportunidades para elegir entre el egoísmo o el amor. Podemos hablar con ligereza del otro, o podemos callar con sabiduría. Podemos devolver la ofensa, o podemos perdonar. El mandato de Dios es claro: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Ese amor no es emocional, sino una decisión firme de buscar el bien del otro, incluso cuando cueste. No se trata de esperar a sentirlo, sino de actuar con justicia, con verdad, con misericordia, tal como Dios actúa con nosotros cada día.
Este llamado a vivir sin rencor, sin venganza, con respeto por el débil y con honestidad hacia el trabajador, es tan actual hoy como lo fue en el tiempo de Moisés. La invitación es a revisar nuestro corazón: ¿hay chismes en nuestros labios? ¿Hay rencor en nuestras emociones? ¿Estamos siendo justos y generosos? Vivir según estos principios no es una carga, sino una vía de libertad, porque cuando amamos al prójimo como a nosotros mismos, el corazón se despoja de cadenas y se llena de la paz de Dios.
Amado Señor, examina mi corazón y muéstrame si hay en mí caminos de injusticia, rencor o indiferencia. Enséñame a vivir con un corazón limpio, que no oprima, no juzgue injustamente ni guarde resentimiento. Ayúdame a amar a mi prójimo como a mí mismo, a perdonar como Tú me has perdonado, y a actuar con integridad en cada área de mi vida. Que cada acción mía refleje que te temo y te honro. En el nombre de Jesús, amén.