La llevaré al desierto, y hablaré a su corazón.
OSEAS 2: 14
Pero he aquí que yo la atraeré y la llevaré al desierto, y hablaré a su corazón.
Este versículo, pronunciado en medio del doloroso relato de la infidelidad de Israel, es un susurro de esperanza en medio de la ruina. Dios no renuncia a su pueblo; lo atrae, lo lleva al lugar del silencio, donde se apagan los ruidos del mundo y solo queda el eco de su voz. En los tiempos del profeta Oseas, el desierto representaba tanto juicio como redención. Era el lugar donde Israel había sido formado, donde dependía únicamente de Dios, donde había aprendido a escuchar y confiar. Y es allí, en esa aparente desolación, donde Dios elige hablar al corazón.
Recuerdo con nitidez aquel día, hace 34 años, cuando sentí que el Señor me atrajo hacia Él. Fue en un templo lleno de música. Supe que ese versículo era para mí. No me estaba perdiendo: Dios me estaba atrayendo. En aquel momento, Él me habló. No fue una voz audible, pero sí clara y firme en lo profundo del alma. Me habló con ternura, sin reproches, con amor fiel. Me hizo ver cuánto me había buscado, cuánto me había esperado. Todo lo que antes me parecía pérdida, fue ganancia al sentirme amada por Él. Comprendí que los silencios de Dios también son palabras, que en la ausencia de todo, Su presencia lo llena todo. Allí comenzó mi caminar con Él, y nunca volví a ser la misma.
Hoy, el Señor sigue usando los desiertos para revelarse. Tal vez no entendemos por qué nos aleja de todo, por qué nos aísla de lo familiar, pero es allí donde el alma aprende a escuchar sin distracciones. Si estás en un desierto ahora, recuerda: no estás sola. Él te ha atraído una vez más, no para castigarte, sino para amarte. Porque el Dios de Oseas, tu Dios, sigue hablando al corazón, y cada palabra suya transforma. Al mirar atrás, sé que esos momentos de soledad fueron citas divinas. Y si la vida me lleva por el desierto, no lo temeré. Porque aprendí que es allí donde Él mejor habla al corazón. Si alguien que lee esto se siente seco, solo o confundido, quiero decirle: no estás siendo castigado. Estás siendo atraído. Escucha con el corazón, porque Él aún habla con amor.
Señor amado, gracias por atraerme con tu amor eterno. Gracias por hablarme cuando no sabía cómo escucharte, por darme nueva vida en medio de la sequedad. Hoy te rindo mi corazón una vez más. Que nunca se me olvide que en el silencio de la prueba, tú sigues siendo mi refugio y mi primer amor. Gracias por no soltarme nunca desde aquel encuentro. Si me vuelves a atraer al silencio, ayúdame a recordar que es allí donde me hablas con más claridad. Que nunca olvide que esa voz tuya me cambió para siempre. En el nombre de Jesús, amén.