Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz.
GÉNESIS 1: 1 - 3
1 En el principio creó Dios los cielos y la tierra.
2 Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.
3 Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz.
Desde el principio de todo, Génesis nos presenta a un Dios grandioso, todopoderoso y eterno. Él es el Autor de todo lo que existe, el Creador que no necesita de nada ni de nadie para llevar a cabo su obra. Con solo Su palabra, el universo fue formado, los cielos y la tierra surgieron de Su poder ilimitado. Este acto de creación nos revela no solo su inmensa fuerza, sino también Su infinita sabiduría, capaz de ordenar lo desordenado y dar propósito donde antes no lo había.
Su presencia constante, que llena cada rincón de su creación nos muestra que no es distante ni indiferente; Él está cercano, cuidando de su obra incluso antes de que haya forma. Su Espíritu es vida, movimiento y poder. Es el mismo Espíritu que más tarde nos promete morar en nosotros, trayendo orden a nuestras vidas y dirigiéndonos hacia Su luz. Cada detalle de Su creación refleja Su gloria; desde las tinieblas que obedecen Su voz, hasta la luz que resplandece para proclamar Su majestad.
Cuando Dios dice “Sea la luz”, se nos revela la autoridad suprema de Su palabra. No hay obstáculo, tiniebla ni vacío que pueda resistir su mandato. Todo lo bueno, puro y perfecto procede de Él. La luz no solo ilumina el mundo físico, sino que nos muestra a un Dios que es Luz en sí mismo, que guía a los perdidos, da esperanza a los desesperados y transforma lo imposible en posible. Adoremos al Señor que, con Su palabra, lo sostiene todo y cuya gloria llena los cielos y la tierra. Que nuestras vidas sean un reflejo de esa luz, proclamando su grandeza a toda la creación.
Amado Padre Celestial, hoy elevamos nuestras voces y corazones para alabarte y magnificar tu santo nombre. Tú, el Creador de los cielos y la tierra, el que transformó el caos en orden y llenó el vacío con vida, eres digno de toda gloria, honor y adoración. Gracias por la luz que trajiste al mundo, y por la luz que sigues derramando en nuestras vidas, guiándonos, iluminándonos y renovándonos cada día. Te pedimos, Señor, que tu Espíritu continúe moviéndose en nosotros, trayendo tu paz, tu propósito y tu poder a cada área de nuestra existencia. Que nuestras vidas sean un testimonio de tu grandeza, reflejando tu amor y proclamando tu gloria por toda la eternidad. En el nombre de Jesús, amén.