Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros
JUAN 1: 1 -4, 9 - 12, 14
1 En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.
2 Este era en el principio con Dios.
3 Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.
4 En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
9 Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo.
10 En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció.
11 A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron.
12 Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios
14 Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad.
La conexión entre Génesis 1, que vimos ayer, y Juan 1 es profunda y nos muestra un plan divino que abarca desde la creación del mundo hasta su redención. En Génesis, Dios crea la luz física que separa las tinieblas. En Juan, Jesús es la luz espiritual y eterna que viene al mundo para disipar las tinieblas del pecado y la muerte. Lo que comenzó en Génesis como un acto de creación se completa en Juan como un acto de redención.
Cierra tus ojos y piensa en estas palabras: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios… Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros” (Juan 1:1,14). Piensa en lo que esto realmente significa. El Creador del universo, quien habló y existió la luz, quien formó las estrellas y moldeó la tierra con sus manos, decidió descender y caminar entre nosotros. No como un rey imponente o un juez distante, sino como un hombre humilde, como un Salvador lleno de gracia y verdad.
Esta no es una historia distante o abstracta. Es personal. Dios no quiso estar lejos de nosotros. Él vio nuestras necesidades, nuestras luchas, y decidió venir. Decidió entrar en este mundo de oscuridad para traer luz, para llenar los lugares más profundos y ocultos del alma con su amor. Jesús no es solo el Verbo eterno; Él es la luz que ilumina nuestro camino cuando todo parece perdido. Él es la vida que revive el espíritu cuando nos sentimos débiles. Él es la respuesta a la pregunta más profunda del corazón. Esa luz no se ha apagado. Esa luz es para todos. Esa luz es Jesús, quien venció las tinieblas en la cruz y resucitó para darnos vida en abundancia.
Y no solo eso. No somos extraños para Dios. Somos sus hijos, amados profundamente por Él. Este no es un título que merecimos, sino un regalo que nos fue dado por su gracia infinita. Como un Padre amoroso, Él nos llama a su presencia, nos cubre con su luz y nos llena de su verdad.
Abramos el corazón a esa luz. Dejemos que el Verbo transforme cada rincón de nuestro ser. No importa cuán oscura haya sido la noche, la luz de Cristo es más poderosa. No importa cuán rotos nos sintamos, el Verbo hecho carne vino a restaurarnos, a traernos esperanza, a darnos una nueva identidad como hijos de Dios. Dejemos que su luz brille en nuestras vidas e ilumine al mundo porque en Cristo, la oscuridad nunca tendrá la última palabra. La luz siempre vencerá.
Amado Padre Celestial, hoy nos postramos ante Ti con corazones llenos de gratitud y asombro por tu magnificencia y fidelidad. Gracias por cumplir tus promesas, por acercarte a nosotros a través de Jesús, la luz verdadera que alumbra a todo hombre. Gracias porque en Él encontramos vida, gracia y verdad, y porque a través de su sacrificio nos has dado el privilegio de ser llamados tus hijos. Padre, te pedimos que tu luz siga iluminando nuestras vidas. Ayúdanos a vivir como hijos tuyos, para que así como el Verbo trajo esperanza al mundo, nosotros podamos ser portadores de tu luz a quienes aún no te conocen. Amado Padre, enséñanos a caminar en la luz de tu amor y a confiar en tus promesas, sabiendo que en Cristo todo se ha cumplido y se cumplirá. En el nombre precioso de Jesús, el Verbo eterno, oramos. Amén.