MARZO 22

LA PALABRA DE DIOS

Te exaltaré, mi Dios, mi Rey, y bendeciré tu nombre eternamente y para siempre.

SALMOS 145: 1-3


1 Te exaltaré, mi Dios, mi Rey, y bendeciré tu nombre eternamente y para siempre.


2 Cada día te bendeciré, y alabaré tu nombre eternamente y para siempre.


3 Grande es Dios, y digno de suprema alabanza; y su grandeza es inescrutable.

REFLEXIÓN

El Salmo 145 nos abre la puerta al corazón agradecido de David, un hombre que, a pesar de sus errores y batallas, nunca dejó de reconocer la grandeza de Dios. En el contexto histórico, era común que los reyes fueran alabados y reverenciados, pero David, siendo rey, no se alaba a sí mismo, sino que proclama a Dios como su verdadero Rey. Él entendía que su poder terrenal era pasajero, pero que la majestad del Señor era eterna. Por eso repite con insistencia: “Bendeciré tu nombre eternamente y para siempre”. No se trata de una emoción momentánea, sino de una decisión diaria, firme y reverente.


También nosotros podemos decidir cómo comenzar y terminar nuestros días. En medio de las presiones modernas, la ansiedad o el cansancio, es fácil olvidar que Dios sigue siendo digno de suprema alabanza. Este salmo nos enseña que no hay día demasiado difícil como para no alabar, ni situación tan oscura como para no ver un destello de la grandeza divina. Cuando la alabanza se vuelve hábito, el corazón se fortalece, la esperanza se enciende y la perspectiva cambia. Alabar no siempre es natural, pero siempre es necesario.


Y es que hay algo transformador en detenerse para reconocer que Dios es grande y que su grandeza es inescrutable. Nos ubica, nos calma, nos recuerda que no todo depende de nosotros. Esa actitud de adoración no solo honra a Dios, sino que sana nuestras emociones. David lo vivió, y por eso lo dejó escrito como herencia espiritual para generaciones. Así como él lo hizo, nosotros también podemos escoger una vida de alabanza, una vida que, sin importar las estaciones, proclame: “Grande es Jehová”.


Señor amado, hoy te reconozco como mi Dios y mi Rey. Quiero aprender a alabarte no solo cuando todo va bien, sino también en medio de las tormentas. Enséñame a bendecir tu nombre cada día, a recordar tu grandeza cuando me falten fuerzas, y a confiar en tu amor cuando todo a mi alrededor se tambalee. Que mi adoración sea constante, sincera y viva, como un reflejo de lo que eres para mí. Gracias porque tú reinas eternamente. En el nombre de Jesús, amén.

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