¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles?
LUCAS 18: 2 - 8
2 Había en una ciudad un juez, que ni temía a Dios, ni respetaba a hombre.
3 Había también en aquella ciudad una viuda, la cual venía a él, diciendo: Hazme justicia de mi adversario.
4 Y él no quiso por algún tiempo; pero después de esto dijo dentro de sí: Aunque ni temo a Dios, ni tengo respeto a hombre,
5 sin embargo, porque esta viuda me es molesta, le haré justicia, no sea que viniendo de continuo, me agote la paciencia.
6 Y dijo el Señor: Oíd lo que dijo el juez injusto.
7 ¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles?
8 Os digo que pronto les hará justicia.
Esta parábola no solo es una enseñanza sobre la perseverancia en la oración; es un susurro directo al corazón de quienes se sienten cansados, ignorados o al borde de renunciar. Es como si Jesús, con ternura, mirara a nuestros ojos y dijera: “No te detengas, sigue clamando, no estás solo.”
La viuda, una mujer sin recursos, sin poder, enfrentándose a un juez frío e indiferente, el tipo de persona que no se inmuta por la necesidad ajena. Pero ella no se rinde. Día tras día, insiste, se levanta una y otra vez con la esperanza viva de que, aunque todo parezca en su contra, su voz será escuchada.
Y entonces, Jesús da el giro más hermoso: si un juez injusto cede ante la insistencia de esta mujer, ¡cuánto más nuestro Padre celestial, que nos ama con un amor perfecto, responderá a sus hijos! No porque se canse de oírnos, sino porque su corazón está lleno de compasión y cuidado por nosotros.
Todos, hemos pasado noches llorando, orando con el alma desgarrada, preguntándonos si nuestro clamor llegará al cielo. Dios no nos ignora. Él escucha cada palabra, cada suspiro, cada lágrima que cae en secreto. Puede parecer que tarda, pero no es porque no le importe. Es porque Su tiempo es perfecto, y Su justicia es más grande de lo que podemos imaginar. Jesús no solo promete justicia; promete que será pronto. No necesariamente en el tiempo que medimos con relojes y calendarios, sino en el tiempo que transforma nuestras almas, el tiempo que trae paz, restauración y propósito.
Por eso, cuando sintamos que nuestra oración no ha sido respondida, recordemos estas palabras: ”¿Acaso Dios no hará justicia a sus escogidos?” Confiemos en que nuestro Padre celestial está trabajando, aun cuando no lo veamos. No nos cansemos, sigamos orando, sigamos creyendo. La justicia, el consuelo y la respuesta ya vienen en camino. Él no nos dejará.
Amado Padre celestial, tú conoces nuestras luchas, nuestros anhelos, y las lágrimas que hemos derramado en secreto. Como aquella viuda, seguimos clamando porque sabemos que Tú eres justo, y confiamos en que siempre nos escuchas. Padre, en momentos de silencio, cuando parece que la respuesta tarda, danos la fuerza para no desmayar. Recuérdanos que no estamos solos, que Tú estás obrando en los detalles invisibles, y preparándonos para recibir Tu perfecta justicia.
Te pedimos que fortalezcas nuestra fe, que mantengas viva la esperanza y que nos llenes de paz mientras esperamos en Ti. Ayúdanos a confiar en que Tu tiempo siempre es el mejor, y que aunque no lo veamos ahora, nuestro corazón puede descansar sabiendo que Tú nunca fallas. Señor, Tú eres el juez justo, nuestro refugio y defensor. Por eso, hoy dejamos en Tus manos nuestras cargas, sueños y batallas. Te pedimos, Señor, que hagas justicia en nuestra vida. Enséñanos a esperar con gozo, sabiendo que Tú siempre cumples tus promesas. Gracias por Tu amor inagotable, por Tu fidelidad y por la certeza de que responderás en Tu tiempo perfecto. En el nombre de Jesús, amén.