¡Él es mi Dios! ¡Él es mi salvador!
SALMOS 42: 5
¿Por qué te desanimas, alma mía? ¿Por qué te inquietas dentro de mí? Espera en Dios, porque aún debo alabarlo. ¡Él es mi Dios! ¡Él es mi salvador!
Hay momentos en que el alma se llena de preguntas, de silencios largos y de cargas invisibles. A veces no sabemos ni por qué estamos tristes, pero lo sentimos todo: el peso en el pecho, la incertidumbre que nos agobia, la lucha interna que no cesa. En esos días, como el salmista, podemos hablarle a nuestra alma: “¿Por qué te desanimas?” No es que neguemos el dolor, sino que recordamos quién es nuestro Dios en medio de la tormenta. Aunque todo parezca apagado, Dios sigue siendo nuestro Salvador, el que nos sostiene incluso cuando no tenemos fuerzas para mantenernos en pie.
Esperar en Dios no es pasividad, es confianza activa. Es recordar sus promesas, aunque el presente sea confuso. Es alabar en medio de la angustia, confiando en que Él no ha cambiado y que su amor permanece. En lo práctico, significa detenerse en medio del día, respirar hondo y decir: “Señor, confío en Ti”. Significa seguir haciendo lo correcto, aunque no veamos resultados. Como dice Isaías 40:31, “los que esperan a Dios tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas.”Él fortalece a los que esperan en fe, aun cuando todo dentro de ellos grita por respuestas inmediatas.
Hoy es un buen día para hablarle a tu alma y recordarle que Dios sigue en el trono, que no ha perdido el control, y que su socorro viene en camino. Lo que ahora parece oscuro, un día será testimonio. No estás solo. Él es tu Dios. Él es tu Salvador.
Señor amado, cuando mi alma se siente abatida, recuérdame que en Ti tengo esperanza. Ayúdame a no dejarme arrastrar por la tristeza ni la inquietud, sino a esperarte con fe y confianza. Renueva mis fuerzas hoy, enséñame a alabarte incluso en medio del dolor. Gracias por ser mi Salvador, mi roca firme y mi refugio seguro. En Ti confío, aunque no entienda todo lo que pasa. En el nombre de Jesús, amén.