FEBRERO 9

LA PALABRA DE DIOS

Mi alma espera a Dios


SALMOS 130: 1 - 6


1 De lo profundo, oh Dios, a ti clamo.


2 Señor, oye mi voz; estén atentos tus oídos a la voz de mi súplica.


3 Dios, si mirares a los pecados, ¿Quién, oh Señor, podrá mantenerse?


4 Pero en ti hay perdón, para que seas reverenciado.


5 Esperé yo a Dios, esperó mi alma; en su palabra he esperado.


6 Mi alma espera a Dios más que los centinelas a la mañana, más que los vigilantes a la mañana.


REFLEXIÓN

Este salmo es un clamor desde lo más profundo del corazón, una súplica de alguien que reconoce su necesidad de Dios y su misericordia. Muestra la angustia y la humildad de quien sabe que, sin el perdón divino, nadie podría sostenerse ante Él. A veces, nos encontramos en lo más hondo de la desesperación, sintiendo que nuestra voz apenas se eleva entre el peso de nuestras cargas. Como el salmista, clamemos a Dios desde lo profundo, con la certeza de que Él nos escucha. No importa cuán oscuro sea el abismo en el que nos encontremos, Su oído siempre está atento a nuestro clamor. Dios no es indiferente a nuestro sufrimiento; Él se inclina para escucharnos y sostenernos con Su amor infinito.


Pero en medio de esa súplica, hay una confianza profunda: Dios es un Dios de perdón, y por eso es digno de reverencia. El salmista no solo pide, sino que espera pacientemente en la palabra de Dios, con una esperanza más intensa que la de un centinela que anhela ver la luz de la mañana. Si Dios nos juzgara con estricta justicia, nadie podría mantenerse en pie. Pero en Su grandeza hay perdón, hay misericordia, hay una gracia que sobrepasa todo entendimiento. No nos condena según nuestras faltas, sino que nos ofrece restauración. Este perdón no solo nos libera, sino que nos lleva a reverenciarle, a amarle con todo nuestro ser. Saber que Dios no se cansa de extender Su misericordia nos llena de esperanza y nos da fuerzas para seguir adelante.


Por ello, nuestra esperanza debe estar puesta en el Señor, quien nos escucha, nos perdona y nos sostiene. Debemos esperar en el Señor, con la certeza de que Su luz disipará toda oscuridad. No importa cuán grande sea nuestra prueba, la fidelidad de Dios nos alcanzará. Aprendamos a confiar, a esperar y a descansar en Aquel que nunca falla.


Señor amado, desde lo más profundo de mi ser clamo a Ti. Tú conoces mis luchas, mis temores y las cargas que llevo en mi corazón. Hoy elevo mi voz a Ti, confiando en que me escuchas, que inclinas Tu oído a mi súplica y que en Tu amor encuentro refugio seguro. Padre, si miraras mis errores, no podría sostenerme ante Tu presencia, pero en Ti hay perdón y misericordia sin medida. Gracias porque no me tratas conforme a mis fallas, sino conforme a Tu amor eterno. Enséñame a esperar en Ti, a confiar en Tu palabra; que mi alma descanse en la certeza de que Tú eres fiel y nunca fallas. Hoy decido rendirme en Tus manos y esperar con gozo  Tu voluntad en mi vida. Fortaléceme en los momentos de prueba y ayúdame a caminar con la certeza de que siempre estarás conmigo. En el nombre de Jesús, amén.

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