En tu nombre alzaré mis manos.
SALMOS 63: 3-4
3 Porque mejor es tu misericordia que la vida; mis labios te alabarán.
4 Así te bendeciré en mi vida; en tu nombre alzaré mis manos.
Cuando David escribió estas palabras, se encontraba en el desierto, lejos del templo y perseguido por enemigos. Sin embargo, su corazón no se enfocó en la sequedad del suelo ni en el peligro que lo rodeaba, sino en la ternura y fidelidad de Dios. Él descubrió algo extraordinario: que la misericordia de Dios es aún mejor que la vida misma. ¡Qué declaración tan profunda! Vivimos aferrados a la vida, luchando por conservarla, pero David afirma que el amor inagotable de Dios vale más que cualquier día sobre la tierra. Esa verdad nos libera del miedo, del afán y de la ansiedad que tanto nos desgastan.
Este pasaje nos invita a reflexionar: ¿Qué lugar ocupa la misericordia de Dios en nuestra vida diaria? ¿La valoramos más que nuestros logros, posesiones o incluso nuestras preocupaciones? Cuando reconocemos que su amor es lo más precioso que tenemos, nace en nosotros una alabanza sincera. No se trata solo de cantar, sino de una vida que bendice a Dios en cada decisión, en cada acto de generosidad, en cada momento en que elegimos la fe sobre la duda.
Hoy podemos levantar nuestras manos no solo en adoración, sino también en rendición. Porque en Su nombre hay poder, hay esperanza, hay consuelo. Así como David, podemos encontrar gozo en medio del desierto si volvemos nuestro corazón hacia la misericordia divina. Que este día sea una oportunidad para valorar su amor por encima de todo lo demás, y para responder con gratitud, con confianza y con una vida entregada
Amado Señor, gracias por tu misericordia, que es más preciosa que la vida misma. Aun en medio de los desiertos de mi alma, Tú permaneces fiel. Ayúdame a vivir con un corazón agradecido, reconociendo que todo lo que soy y todo lo que tengo proviene de Ti. Que mis labios te alaben, que mis manos se levanten no solo en adoración, sino también en obediencia. En el nombre de Jesús, amén.