MARZO 28

LA PALABRA DE DIOS

Amo al Señor, porque oye mi voz y mis súplicas.

SALMOS 116: 1-2


1 Amo al Señor, porque oye mi voz y mis súplicas.


2 Porque a mí ha inclinado Su oído; por tanto le invocaré mientras yo viva.

REFLEXIÓN

El salmista abre su corazón con una declaración sencilla pero profunda: “Amo al Señor, porque oye mi voz y mis súplicas”. Estas palabras, escritas probablemente por David, surgen de una experiencia viva y personal con un Dios que no es indiferente ni lejano. En tiempos antiguos, cuando los pueblos rendían culto a dioses mudos e inertes, Israel conocía al Dios vivo que escucha, que se inclina, que responde. Esta afirmación no nace de la teología, sino del testimonio. Quien ha sido escuchado en su aflicción no puede menos que amar al que le respondió.


En nuestra vida, también pasamos por momentos en que la angustia aprieta el alma y sentimos que no hay escape. Pero allí, en medio del dolor, si levantamos la voz al cielo, descubrimos que Dios inclina Su oído. ¡Qué imagen tan poderosa! El Rey del universo se inclina para oírnos. Este acto no es automático, es voluntario, lleno de gracia y ternura. Cuando lo hemos vivido, cuando el clamor ha sido contestado, nace en nosotros ese deseo de invocarlo “mientras vivamos”. No por costumbre, no por obligación, sino por amor y gratitud.


Así como el salmista decidió que toda su vida sería una respuesta de amor a ese Dios que escucha, también nosotros podemos hacer del clamor constante una forma de relación viva. No sólo en el dolor, también en la calma, recordando siempre que Él ha estado allí. En un mundo lleno de ruido, Su oído inclinado sigue siendo nuestra mayor esperanza. Por tanto, mientras respiremos, mientras vivamos, ¡le invocaremos!


Señor amado, gracias porque inclinas Tu oído hacia mí. No soy digno de Tu atención, pero en Tu misericordia me escuchas, me sostienes, y me das vida. Ayúdame a nunca olvidar los momentos en que me levantaste del pozo de la angustia. Que cada día de mi vida sea un canto de gratitud y una oración constante hacia Ti. Enséñame a amarte no sólo por lo que haces, sino por quien eres: mi Dios fiel, mi refugio eterno. En el nombre de Jesús, amén.